Porque un momento se va y no vuelve a pasar…

Si el otro día comenzaba el artículo con una escena de mi película favorita, hoy lo hago con una de las canciones que más huella ha dejado en mí hasta el momento…

“Un hoy vale por dos mañanas”, Benjamin Franklin.

El tiempo es, sin duda alguna, uno de los mayores bienes con los que contamos. Sin embargo, en muchas ocasiones, bien por el frenético ritmo al que son impuestas nuestras vidas a diario o, simplemente, debido a otros factores nos olvidamos completamente de ello. Sin quererlo le quitamos, de golpe y porrazo, todo el valor que tiene (y con ello nos los quitamos a nosotros mismos). No comprendemos que un instante, un sólo segundo, es único y que jamás volverá a repetirse. No entendemos que ese cortísimo espacio de tiempo que, a veces, consideramos insignificante puede cambiar para siempre nuestro propio destino.

Por el contrario, en ocasiones, le otorgamos una excesiva y hasta obsesiva importancia que nos traslada al pasado de una forma dañina y dolorosa. Una de las mejores definiciones que he encontrado sobre dicha nostalgia es la que Ángeles Caso escribió en uno de sus últimos artículos, catalogándola como ”una emoción negativa y paralizante, que te engancha al tiempo imposible del pasado y no te permite en cambio disfrutar el presente, o analizarlo al menos con lucidez”.

No dejemos que nuestro tiempo caiga en saco roto, en la nada. No permitamos dejar correr los minutos sin aprovechar hasta el último de sus segundos. Disfrutémoslos, sintámoslos, dejémonos la piel en cada uno de ellos y vivámoslos como si fueran los últmos, porque como dice el maestro Bunbury “un momento se va y no vuelve a pasar…

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